sábado, 16 de mayo de 2015

La  de  Edgar  Morin  es,  qué  duda  cabe,  una  aventura  intelectual.  Extraña
asociación  la  de  estos  dos  términos.  Lo  intelectual  evoca  a  la  razón,  al
orden, a lo científico y, bien estructurado, a lo sesudo y alejado del riesgo.
Aventura, en cambio, es el nombre de la pasión, del libre juego resistiendo
la  asfixia  impuesta  por  las  reglas,  de  lo  impulsivo  y  espontáneo,  de  lo
impredecible. La síntesis fértil, tensa pero creativa, de esos términos es, no
solamente  un  hilo  conductor  de  la  ya  monumental  obra  teórica  de  Edgar
Morin,  sino  también  una  cualidad  de  su  trayectoria personal.  Su  obra
debe, en consecuencia, ser entendida no sólo en términos de su contenido
sino  del  proceso  productor.  Es  sobre  ese  proceso  que  Morin  ha  meditado
muchas  veces  en  un  intento  de  adivinar  la  forma  oculta  de  su  búsqueda,
una  búsqueda  que,  como todos  los  destinos  humanos,  como  lo  pensaba
Jorge  Luis  Borges,  es  una  configuración  única,  diseñada  tal  vez  por  los
pasos  que  cada  uno  de  nosotros  urde  en  un  laberinto  incalculable,  y
condensable  en  una  ciencia secreta,  un  «aleph»,  al  que  a  veces  creemos
vislumbrar  (como  Einstein  pensaba  que  pasa,  ocasionalmente,  con  el
sentido de lo humano) pero nunca logramos capturar plenamente.
En  Morin  su  producción  teórica  no  es  nunca  un  intento  de  ser  un  logro
acabado,  sino  más  bien  un  proceso  que,  en  su  devenir  mismo,  marca  un
rumbo  cognitivo  en  el  que  somos  invitados  a  participar.  Recorramos
algunos aspect os de ésa, su aventura intelectual.
Morin nace en París en 1921. Su educación formal lo lleva a licenciarse en
Historia  y  Derecho,  pero  sus  estudios  universitarios  se  interrumpen  en
1942  cuando  se  une  a  la resistencia,  tras  la  invasión  nazi  de  Francia.  Su
estilo de «resistente» no lo abandonará en el resto de su vida, expresándose
tanto  en  su  tendencia  a  no  dejarse  abarcar  por  discursos  totalizantes,
como  en  sus enfrentamientos  con  los  establishments  de  disciplinas
diversas  que  lo  han  visto  siempre  como  «ajeno»,  como  «extraño»,  al  no
poder  aceptar  su  estilo  transgresor  de  fronteras  disciplinarias,  de  libre
disposición de conceptos para ser usados en contextos diferentes, de rigor
acompañado,  como  quería  Gregory  Bateson,  por  una  imaginación  al
servicio de su praxis cotidiana de complejización de los discursos teóricos
y las prácticas en el campo de las ciencias sociales.

Al  terminar  la  guerra  se  une  al  ejército estacionado  en  la  Alemania
derrotada  y,  testigo  de  la  hecatombe  de  ese  imperio  que  había  pretendido
persistir por mil años, escribe su primer libro, editado en 1946 como L'An
zéro de l'Allemagne*
1
. Casi cuarenta años después, es interesante volver a
ese  texto  primero,  en  el  cual  la  atención  no  se  centra  en  lo  que  tanto  los
medios  como  la  intelectualidad  de  la  época  consideraban  central,  sino  en
aspectos  más  marginales  para  el  interés  del  momento,  como  ser  el  futuro
de esa tierra demonizada que seguía, sin embargo, siendo parte de Europa,
la  influencia  de  la  catástrofe  a  múltiples  niveles  en  la  cultura  europea  y
mundial,  el  mapa  mental  que  para  alemanes  y  europeos  iba  a  señalar  la
evolución  de  las  identidades  nacionales.  Al  enfocar  estos  temas  Morin
muestra  ya  una  inusual  capacidad  para  ver  a  los  procesos  sociales  en
movimiento,  para  iluminar  aspectos  generalmente  soslayados,  cuestionar
presuposiciones  dadas  por  evidentes  y  entroncar  sus  observaciones  con
procesos  pasados  y  aperturas  hacia  el  futuro,  incluyendo  siempre  las
preocupaciones  éticas como  centrales  para  la  observación  de  procesos
sociales,  entendiendo  que  la  ética  también  evoluciona,  en  sí  misma,  como
un proceso social.
Comienza  luego  su  interés  sobre  el  tema  de  la  «muerte»  desde  una
perspectiva múltiple, que va de lo biológico a lo mitológico. La experiencia
de la guerra, la resistencia y las imágenes del hundimiento alemán juegan,
quizás,  un  papel en  ese  interés.  Es  éste,  tal  vez,  el  primer  ejercicio  de
articulación de nociones provenientes de disciplinas diversas para abordar
un  tema  que  le  permite  establecer  puentes   entre   lo   humano   a   nivel
biofisico con los niveles antropo-sociales y psico-mitológicos. Lo social se
abre, por una parte, al cuerpo en su materialidad física y, por la otra, alo
imaginario  en  sus  expresiones  individuales  (psicológicas  en  sentido
tradicional)  y  sociales  (mitológicas).  En  1951  se  publica  El  hombre  y  la
muerte, producto de esas meditaciones tempranas.
Es  también  en  ese  año  1951  que  Morin  entra  en  el  Centre  National  de  la
Recherche  Scientifique  como  investigador.  Los  cinco  años  siguientes  los
pasa estudiando lo que él denominará el «hombre imaginario». La relación,
difícil  de  abarcar  en  términos  tradicionales,  entre  lo  imaginario  y  lo  real,
que ya fuera centro de su interés en su estudio sobre la muerte, continúa
ahora  siendo  explorada  en  su  aproximación  al  mundo  del  cine.  También
aquí,  rompe  las  barreras  que  lo  obligarían  a  utilizar  sólo  discursos
provenientes  del  mundo  de  las  artes  y  se  interesa  por  el  cine  desdeuna
perspectiva  múltiple,  no  sólo  social  y  antropológica,  sino  también
mitológica  (el  cine  aparece  aquí  como  una  oportunidad  para  estudiar  lo
mítico  en  su  hacerse,  corno  «mitopoyesis»,  y  no  sólo  como  producto
terminado,  aparentemente  intemporal)  y  económico-cultural  (como
producto  de  consumo  de  una  sociedad  de  masas).  El  cine  o  H  hombre
imaginario,  publicado  en  1956  lleva  ya  por  subtítulo  Ensayo  de Antropología,  mostrando  una  conciencia  temprana  de  que  su  indagación
supera ya, en su intención, aún ametódica, las fronteras tradicionales que
debieran  restringir  su  pertenencia  a  ciertas  tradiciones  intelectuales  y
culturales.  La  problemática  abierta  por  esta  intención  innovadora  le
plantea  ciertas  dificultades  metodológicas  y  lo  comienza  a  lanzar  en  la
dirección de una búsqueda mucho más, abarcativa.
De su interés por el cine es también producto su obra Las stars, publicada
en  1957.  Es  en  ese  mismo  año  que  Morin  funda  la  revista  Arguments,
donde  esa  discusión  más  amplia  a  la  que  se  ve  llevado  comienza  a  tomar
lugar,  a  través  de  artículos  que  muestran  un  hilo  conductor  en  su
iconoclastia,  producto,  en  buena  parte,  del  desencanto  por  los  discursos
hegemónicos, heredera del proceso que lo lleva a romper con el marxismo,
un proceso parcialmente desencadenado por lareflexión, pero también por
sus  choques  con  una  izquierda  dogmática,  a  la  que  no  vacila  en  calificar
de  estalinista,  en  los  medios  intelectuales  franceses.  Su  libro  Autocrítica,
publicado en 1959, es testimonio del doloroso proceso personal de ruptura
con el  marxismo,  así  como   de   meditaciones  fecundas  sobre   el
totalitarismo  y,  nuevamente,  la  estrechez  de  los  discursos  totalizadores.
Un  cuidado  especial  por  resistir  los  cantos  de  sirena  de  múltiples
«revoluciones» intelectuales y científicas, que nunca lo encuentran como
un  seguidor  ciego,  sino  como  un  entusiasta  crítico,  va  a  ser  la  herencia
perdurable de ese proceso. L'Esprit du temps, publicado en 1962, es quizá
la última obra de su período temprano, donde todos sus intereses mayores
se  delinean, sin  terminar  de  organizarse,  en  torno  a  la  intención  de
articular lo físico con lo biológico y ambos con lo antropológico, psicológico
y  mitológico.  Una  particular  capacidad  para  entender  las  condiciones  de
producción  de  los  discursos  sociales  como  emergentes  de  cruces  de
caminos  y  fertilizaciones  mutuas  entre  discursos de  disciplinas  diversas
recorre ya sus trabajos tempranos.
Durante  un  período  de  enfermedad,  en  1962  y  1963,  Morin  escribe  Le  vif
du sujet (publicado en 1969), una continuación, ahora más consciente de
sí, de su intento de articular las ciencias del hombre y las de la naturaleza,
a sabiendas ya de que su empresa tomaba proporciones mayores a las que
sus  indagaciones  tempranas  hubieran  podido  hacer  pensar,  aunque
llevaban  ya  en  esa  dirección.  La  necesidad  de  no  salirse  del  ámbito
científico,  pero  también  de  incluir  una  visión  crítica  y  autocrítica  del
mismo,  se  hace  ya  manifiesta  y  aparece  más  explícitamente  en
Introduction a une politique de l'homme, parte del manuscrito de los años
de enfermedad publicado en 1965.
Un  trabajo  de  campo,  en  este  caso  presentado  como  una  investigación
multidisciplinar, aparece en 1967 con el título' de Commune en Trance: La
métamorphose  de  Plodemet.  Ese  es  otro  paso  en  su  tejido  permanente  de
una antropo-bio-cosmología, una transdisciplina en la que lo cultural son sucesos que se dan entre seres biológicos, que son seres físicos, lo cual en
vez  de  llevarlo  por  el  camino  del  reduccionismo,  lo  lanza  por  un  camino
inexplorado de articulación en la cual lo físico y lo biológico se complejizan
y  complejizan,  a  su  vez,  a  lo  cultural.  Esta  alternancia  de  Morin  entre
trabajos  de  campo  e  indagaciones  a  un  nivel  más  abstracto,  desde  una
meta-perspectiva,  así  como  una  tendencia  a  dejarse  llevar  por  grandes
acontecimientos  tanto  sociales  como  personales,  en  una  deriva  fértil  que
estimula  luego  su  vocación  teórica  y  lo  lleva  a  macro-conceptualizaciones
de  consecuencias  en  múltiples  campos  del  saber,  ha  sido  una
característica  persistente  de  su  recorrido  intelectual.  Es  también en  este
aspecto  que  su  producción  teórica  ha  tomado  ese  carácter  de  aventura  al
que  hacíamos  referencia  anteriormente.  Un  estilo  que  une  lo  literario  al
discurso  tradicionalmente  considerado  más  científico  (objetivista)  es
expresión de esa unión fecunda de lo personal y social, de lo aleatorio, con
lo  racional  y  reflexivo,  con  el  intento  de  ordenar  y  estructurar,  para
cuestionar nuevamente en un proceso sin fin.
Mayo  del  68  será  el  próximo acontecimiento  social  alrededor  del  cual
plasmará  una  nueva  etapa reflexiva  que  lanzará  a  Morin,  ahora  sí,  en  la
búsqueda  de  un  «método»  no  cartesiano  para  el  estudio  de  lo  complejo.
Puntúan  este  tramo  de  su  recorrido  la  publicación  de  Mai  68:  La  brèche,
en 1968, y de La rumeur d'Orleans, en 1969, donde aspectos del «método»
en  cuya  búsqueda  está  embarcado  son  ya  instrumentados,  aunque  no
definidos a un nivel teórico. Hay allí una lección que el lector de la obra de
Morin  no  debiera  olvidar:  su  trabajo  debe,  en  verdad,  ser  tomado  más
como un método que el lector es invitado a utilizar en su campo específico
de  prácticas,  que  como  un  grupo  de  formulaciones  abstractas  a  las  que
hubiera  que  discutir  de  un  modo  meramente  lógico  como  si  hicieran
referencia  a  entes  cerrados,  terminados,  bien  definidos,  a  descubrir  y
describir.  Lo  que  ha  sido  señalado  como  vaguedades  e  incluso
incoherencias,  desde  una  perspectiva  meramente  lógica,  es  sólo  un
obstáculo  cuando  la  lectura  de  su  obra  es  tomada  como  un  ejercicio  en
busca de una ontología, más que como una invitación a utilizar un método
epistemológico que ha de mostrar su fertilidad en su práctica. El lector no
encontrará  a   veces  los  eslabones  intermedios  que  le  permitieran  ir  desde
las  formulaciones,  a  veces  abstractas  de  Edgar  Morin,  a  su  práctica
cotidiana. Le cabrá a cada cual, desde el campo cotidiano de su quehacer,
encontrar  el  modo  de  hacer  jugar  el  pensamiento  complejo  para  edificar
una práctica compleja, más que para atarse a enunciados generales sobre
la complejidad. El desafío de la complejidad es el de pensar complejamente
como metodología de acción cotidiana, cualesquiera sea el campo en el que
desempeñemos nuestro quehacer.
Vienen  luego  años  de  estudio  durante  los  cuales  Morin  entra  en  contacto
con  pensadores  de  disciplinas  y  teorías  diversas  quienes,  en  sus  propios
recorridos, habían tenido algunos intereses relacionados con los de Morin,
o habían desarrollado nociones que él encuentra útiles para su búsqueda.
Entre  1968  y  1975,  Jacques  Robin  lo  invita  a  participar  en  su  «Grupo  de
los  diez»,  un  encuentro  de  vocación  multidisciplinaria,  en  busca  de
lenguajes  novedosos  que  permitan  trascender  el  saber  asfixiado  en
compartimientos  estancos.  A  través  de  Jacques  Monod  llega  al  Salk
Instituto for Biological Studies donde, en 1969 y 1970, se interioriza de los
nuevos  horizontes en  el  campo  de  la  Biología  molecular,  la  Genética,  la
Etología,  y  otros  desarrollos  en  ciencias  naturales,  nutriéndose  así  de
elementos que pasarán a integrar, más sólidamente, una concepción
«viva»  de  lo  cultural  que,  al  mismo  tiempo,  complejiza  su  visión  de  lo
biológico. Allí también se acerca más a la obra de Gregory Bateson, quien
había  estado  empeñado  ya  en  introducir  la  Teoría  de  Sistemas  y  la
Cibernética  (disciplinas  a  las  que  Morin  ya  se  había  acercado  a  través  de
Jacques  Sauvan  y  Henri  Laborit)  en el  campo  de  lo  social.  Estas
disciplinas  compartían  la  vocación  transdisciplinar  (un  término  acuñado
por él) de Morin y, en especial la Cibernética, había generado un lenguaje
que  le  permitía  circular  con  soltura  por  los  mundos  físico,  biológico  y
cultural,  mediante  una  redefinición  compleja  de  la  noción  de
«información».  El  contacto  con  los  ecologistas  californianos  fertiliza,  aún
más, su visión ética de lo bio-físico. Toda experiencia estadounidense está
reflejada en Diario de California, publicado en 1970.
Alrededor  de  1971  entra  en  contacto  con  múltiples  pensadores  cuyas
conceptualizaciones  incorpora,  de  un  modo  siempre  crítico.  Entre  ellos
Henri  Atlan,  Heinz  von  Foerster  y  Gottard  Gunther,  quienes  habían
trabajado sobre la noción de «auto-organización», una noción que Morin
encuentra  fecunda  para  su  articulación  de  lo  físico,  lo  biológico  y  lo
cultural.  El  contacto  con  la  obra  filosófica  de  Castoriadis  y  Serres,  y  la
obra  epistemológica  de  Popper  y  Kuhn,  Lakatos  y  Feyerabend,  estimulan
también  su pensamiento  en  relación  con  el  rol  de  la  ciencia  en  esa
aventura transdisciplinar cuyo método Morin está dedicado a bosquejar.
Es durante esos años que Morin participa también, de regreso en Francia,
de  la  fundación  del  Centre  International  d'Etudes  Bioanthropologiques  et
d'Anthropologie Fondamentale (CIEBAF) que, en 1974, se transformará en
el Centre Royaumont pour une Science de I'Homme. Buena parte de todos
aquellos con quienes entrará en contacto en los años anteriores participan
del  coloquio  sobre  L'unité  de  l'homme,  del  cual  surge  un  texto  publicado
en 1974.
A  partir  de  1973  Edgar  Morin  comienza  la  etapa  de  plasmación  de  El
Método, una obra en proceso durante los últimos veinte años, de la cual ya
se  han  publicado  cuatro  tomos:  La  naturaleza  de  la  naturaleza  (1977),  La vida de la vida (1980), El conocimiento del conocimiento (1986), y Les Idées
(1991). El Método, lejos de ser una obra acabada, es un proceso en curso
de  búsqueda  de  estrategias  viables  para  un  pensar  complejo  físicobioantropológico  desde  una  perspectiva   científico-filosófico-literaria,  que
permita   una  praxis  ética  en  el  campo  tanto  del  conocimiento  académico
como de la praxis social.
Tal es la polémica generada por sus escritos que, repetidamente, Morin ha
publicado textos que pueden ser considerados, en verdad, meta-textos que
intentan  clarificar,  contextualizar,  el  sentido  de  su  trabajo.  Entre  ellos
contamos a Avec Edgar Morin, á propos de la méthode (1980), Ciencia con
conciencia, publicado en 1982, Sciencie et consciente de la complexité, de
1984, Argumenta autour d'une méthode, de 1990.
Morin  ha  publicado  también,  en  estos  últimos  veinte  años,  obras  en  las
cuales  el  «método»  es  aplicado  (y  que  al  mismo  tiempo  han  permitido
seguirlo desarrollando) a campos diversos del saber.
En1973 apareció El paradigma perdido: Ensayo de Bioantropología, donde
estudia  los  albores  de  la  humanización,  no  sólo  como  proceso  histórico
sino como proceso en curso, inacabado. En 1975 publica el segundo tomo
de  L'Esprit  du  temps,  mostrando,  una  vez  más,  cómo  viejos  temas
anunciaban ya lo por venir pero son, al mismo tiempo, transformados a la
luz  de  lo  ulterior  en  un  proceso  que ejemplifica  su  propia  visión  de  los
procesos  naturales,  es  decir,  físico-bio-culturales.  En  1980  aparece  Para
salir  del  siglo XX,  un  ensayo  de  política  entendida  como  una  actividad
epistemológica en el doble sentido de actividad humana diseñada acorde a
nuestro  entendimiento  acerca  de  qué  significa  conocer  al  mundo,  pero
también de conocimiento del mundo como una actividad política. En 1983
aparece De la nature de URSS, en 1984 Sociologie y Le rose et le noir, en
1987 Pensar Europa, en 1989 Vidal et les siena (una interesante evocación
de  su  padre  y  sus  orígenes  judeo-sefaradíes  utilizando  otra  vez  su
experiencia  personal  para  continuar  también  su  recorrido  intelectual  de
un  modo  personal,  literario,  encarnado).  En  1993,  finalmente,  aparece
Tierra-Patria,  un  estudio  macro-cultural  sobre  la  planetarización  de  la
experiencia humana a la luz retros pectiva del fin de la guerra-fría.
El  presente  texto  es  una  compilación  de  ensayos  y  presentaciones
realizadas  entre  1976  y  1988,  los  años  durante  los  cuales  su  «método»
comienza a cobrar forma como estructura articulada de conceptos. Es una
introducción ideal a la obra de este hombre cuya desmesurada curiosidad
intelectual  y  pasión  ética  evocan  aquel  apelativo  de  «genio  numeroso»  que
Ernesto Sábato dedicara a Leonardo.
El  diálogo  estimulados  del  pensamiento  que  Morin  propone  a  todos  los
que, ya sea desde la cátedra o los ámbitos más diversos de la práctica social, desde las ciencias duras o blandas, desde el campo de la literatura
o  la  religión,  se  interesen  en  desarrollar  un  modo  complejo  de  pensar  la
experiencia  humana,  recuperando  el  asombro  ante  el  milagro  doble  del
conocimiento y  del  misterio,  que  aso  detrás  de  toda  filosofía,  de  toda
ciencia, de toda religión, y que aúna a la empresa humana en su aventura
abierta  hacia  el  descubrimiento  de  nosotros  mismos,  nuestros  límites  y
nuestras posibilidades.
Vivimos un momento en el quecada vez más y, hasta cierto punto, gracias
a  estudiosos  como  Edgar  Morin,  entendemos  que  el  estudio  de  cualquier
aspecto de la experiencia humana ha de ser, por necesidad, multifacético.
en  que  vemos  cada  vez  más  que  la  mente  humana,  si  bien  no  existe  sin
cerebro,  tampoco  existe  sin  tradiciones  familiares,  sociales,  genéricas,
étnicas, raciales, que sólo hay mentes encarnadas en cuerpos y culturas, y
que el mundo físico es siempre el mundo entendido por seres biológicos y
culturales.  Al  mismo  tiempo,  cuanto  más  entendemos  todo  ello,  más  se
nos  propone  reducir  nuestra  experiencia  a  sectores  limitados  del  saber  y
más sucumbimos a la tentación del pensamiento reduccionista, cuando no
a  una  seudocomplejidad  de  los  discursos  entendida  como  neutralidad
ética. Alfinal de las Crónicas Marcianas
2, Ray Bradbury nos muestra a la
única  familia  sobreviviente  de  terráqueos yendo,  finalmente,  en  busca  de
esos  marcianos  que  los  niños  hacía  tiempo  añoraban  ver.  Atrás  habían
quedado  vicisitudes  y  catástrofes  que  habían  terminado  con  el  planeta
Tierra, con los humanos y, aunque los niños no lo saben, también con los
marcianos.  En  la  escena  final  la  familia,  tomada  de  sus  manos,  se  asoma
hacia  un  desfiladero  y  el  padre  anuncia  el  tan  esperado  momento,  allí
están los marcianos:el agua de un canal refleja la imagen de ellos mismos,
papa, mama y los niños, tomados de sus manos. Eso es todo lo que tienen
para  enfrentar  el  futuro.  Edgar  Morin  nos  invita  a  una  excursión
semejante.  Cuando  nos  asomamos  a  entender  al  mundo  físico,  biológico,
cultural  en  el  que  nos  encontramos,  es  a  nosotros  mismos  a  quienes
descubrimos  y  es  con  nosotros  mismos  con  quienes  contamos.  El  mundo
se moverá en una dirección ética, sólo si queremos ir en esa dirección. Es
nuestra  responsabilidad  y  nuestro  destino  el  que  está  en  juego.  El
pensamiento complejo es una aventura, pero también un desafío.
MARCELO PAKMAN
Northampton, marzo de 1994.

¿Que es el pensamiento complejo de Edgar Morin?